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Figuras con piel de lobo/ Descienden como lobos desde las montañas/ El clamor del bosque

Autor:Antonio Arjona Huelgas

Figuras con piel de lobo/ Descienden como lobos desde las montañas/ El clamor del bosque

Fotografía: Luis Amador de la Cruz; Layon Pantaleón

Collage: David Lara Ramírez

Antes del amanecer, en una aldea en la Germania inferior, se oyó un retumbar en lo alto.  Una suerte de chillido, un grito antinatural, como el de un gigante, rompió la paz, el silencio. De entre densos bosques se perfilaban formas salvajes. Figuras como enormes lobos de pie surgían de lo alto de los montes. Portaban lanzas y escudos. Rugían con una fuerza abrumadora, como envueltos por la presencia misma de los bosques. Sonaron cuernos y tambores. Un clamor, murmullos, pasos discontinuos. Luego, aullidos. Detrás de ellos, hombres de aspecto feroz surgían de entre la vegetación. Los monstruos empezaron a correr.


Un niño, que vivía en una granja, no podía dormir. Escuchó algo inusual, se asomó al exterior, y los vio bajar a prisa. Corrían como animales, fuerzas incomprensibles de la naturaleza. Los vestidos de lobo tomaban la delantera, les seguían los hombres del bosque. La mayoría de los habitantes seguían dormidos. El vigía trató de advertir al resto, más una lanza lo alcanzó por la espalda. El pequeño quiso advertir a sus parientes, pero los invasores ya estaban atravesando los muros. No tuvo más opción que esconderse entre las reservas de trigo, desde las que observaba, temblando, el ataque. Con cada paso la tierra parecía retumbar. Inició la masacre.


Varios habitantes se despertaron e intentaron defenderse con trinches y azadones, más no eran suficiente para lidiar con las armas de guerra. Los invasores entraban a las casas, y al interior sólo se oían los gritos de sus habitantes. La resistencia duró poco. El niño no quería salir, pero sabía que la única opción era alertar en pos de que el imperio enviase soldados a defender al pueblo. No obstante, aún en caso de logar llevar el mensaje, jamás podrían llegar a tiempo.


El niño salió de su escondite, para escabullirse en busca de otro. Gateó hasta otra de las casonas, una que ya habían asaltado. Entró, esperando poder salir pronto para buscar ayuda. Se arrastró hasta un rincón detrás de una cómoda, mientras al exterior los gritos de sus familiares y amigos siendo destripados se mezclaba con los rugidos de los invasores.


Los bárbaros prendieron fuego a cuánto encontraron en su camino. Pronto reducirían la aldea a cenizas. Las llamas se extendieron por doquier. Pronto llegaría a donde se ocultaba el pequeño. Éste salió por una ventana tan rápido como pudo, vio el bosque frente a sí: la oportunidad perfecta para escapar.


Corrió tan rápido como pudo, desesperado. No lo habían visto, sólo quedaba encontrar el camino a la ciudad próxima. No podía detenerse. El sol despuntaba en el horizonte, saldría pronto de la vista de los invasores. Fue entonces cuando surgió de entre los árboles un hombre gigante vestido con piel de oso.


***


Año 113 a. C. Era un territorio hostil, obtenido por Roma a través de cruentas campañas, un pequeño asentamiento agrícola. Los asedios de los llamados bárbaros eran una constante, en especial a partir del siglo III, cuando la organización de estos pueblos se hace más eficiente y, en consecuencia, los ataques se vuelven más estratégicos. Estos aumentarán su agresividad en los siglos IV y V. Previo a ello, las oleadas eran más caóticas, esporádicas, así como misteriosos. Por muchos siglos, sus momentáneos ataques entre migraciones se volvieron una leyenda de pesadilla para los habitantes de las provincias romanas. Vándalos, suevos, visigodos, ostrogodos, burgundios, alamanes, sajones, anglos, hérulos, francos, lombardos, y jutos, fueron los principales pueblos que componían que se englobaban en el término de <<bárbaros>>.  Estos, también denominados como <<pueblos germanos>>, tuvieron su origen en el proceso de indoeuropeización. Más adelante, entre los siglos VI y VII, los pueblos eslavos y los pueblos de las estepas y el espacio mediterráneo comenzarían también con migraciones masivas y agresivas, que se unirían a los ataques contra una Roma cuyo imperio ya se había derrumbado.


El relato anterior fue una recreación histórica ficticia de uno de los tantos ataques bárbaros a las poblaciones romanas. A falta de fuentes más precisas, no podríamos considerar que los ataques fuesen tal cual se describieron en la narración, pero es un aproximado para dar una idea de cómo eran. Si bien puede parecer exagerado, muchas veces la realidad supera a la ficción.


Referencias


Pontesilli, Massimo (2010). “Las migraciones bárbaras y el fin del Imperio Romano de Occidente”, en La Edad Media I. Bárbaros, cristianos y musulmanes, coordinado por Umberto Eco. Pp. 65-71.

Cavagna, Alessandro (2010). “Los pueblos germánicos”, en La Edad Media I. Bárbaros, cristianos y musulmanes, coordinado por Umberto Eco. Pp. 71-75.

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