La carrera para detectar los nuevos opioides
Juan José Oropeza Valdez1,2, Edgar Mixcoha3
1 División de Investigación, Facultad de Medicina, Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), México
2 Unidad de Investigación en Obesidad, Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán (INCMNSZ), México
3 Secretaría de Ciencia Humanidades Tecnología e Innovación - Instituto Nacional de Medicina Genómica, Mexico City, Mexico

Durante años, cuando se hablaba de opioides sintéticos peligrosos, el nombre que dominaba la conversación era el de fentanilo. Sin embargo, el mercado ilegal de drogas cambia con rapidez. En los últimos años han comenzado a aparecer nuevas familias de sustancias, como los nitazenos y, más recientemente, los llamados opioides de tipo orfina, que, en conjunto, forman parte de la familia de los opioides sintéticos. Algunos pueden ser extremadamente potentes y, además, estar presentes en polvos o tabletas vendidos como si fueran otras drogas.
Este cambio plantea una pregunta importante: ¿cómo descubre la policía una droga que todavía no sabe que existe?
La respuesta combina trabajo policial, química forense, toxicología y sistemas internacionales de alerta. En realidad, descubrir un nuevo opioide se parece más a resolver un rompecabezas que a realizar una sola prueba.
El primer indicio puede aparecer en una incautación
Muchas sustancias nuevas se identifican por primera vez cuando la policía o las aduanas decomisan un polvo, una tableta u otro producto sospechoso. En el lugar, pueden utilizarse herramientas rápidas para obtener una primera idea de lo que contiene la muestra.
Existen, por ejemplo, tiras reactivas capaces de detectar ciertas familias de drogas, así como pequeños equipos de espectroscopía Raman o infrarroja. Estos instrumentos analizan cómo una sustancia interactúa con la luz y comparan el resultado con una biblioteca de compuestos conocidos.
El procedimiento puede tardar apenas unos minutos y resulta muy útil para proteger a los agentes y para decidir qué muestras requieren mayor atención.
Pero existe un problema: una droga completamente nueva puede no figurar en esas bibliotecas.
Además, las tiras reactivas presentan limitaciones importantes. Una prueba diseñada para detectar fentanilo puede no reconocer el nitazeno, y otra diseñada para el nitazeno puede no detectar otras familias emergentes. Por eso, un resultado negativo no implica necesariamente que la muestra esté libre de opioides sintéticos.
Las pruebas de campo sirven principalmente como una primera señal. La identificación definitiva se realiza en el laboratorio.
El laboratorio busca la “huella digital” de la molécula
Si ninguna de las pruebas rápidas detecta la presencia de un opioide sintético y hay suficientes indicios de que la sustancia puede ser ilegal, la muestra se envía a un laboratorio forense. Ahí, los científicos emplean equipos mucho más sensibles. Entre los más importantes se encuentra la cromatografía de gases o de líquidos combinada con espectrometría de masas.
Aunque los nombres pueden parecer complicados, la idea es relativamente sencilla.
Primero, la cromatografía separa los distintos componentes de una mezcla. A continuación, el espectrómetro de masas fragmenta o ioniza las moléculas y mide sus fragmentos o sus cargas. El patrón resultante funciona como una especie de huella digital química.
Si esa huella coincide con la de una sustancia conocida, la identificación puede realizarse rápidamente.
Lo interesante ocurre cuando no hay coincidencia.
En esos casos, los científicos pueden medir la masa exacta de la molécula y cómo se fragmenta para intentar determinar a qué familia química pertenece. Los equipos de alta resolución permiten detectar señales que no estaban incluidas originalmente en la lista de moléculas buscadas.
Así puede comenzar el descubrimiento de una nueva sustancia.
En algunos laboratorios también se utiliza una tecnología llamada DART-MS, que permite analizar pequeñas cantidades de material en segundos o minutos y obtener rápidamente una señal química. Es especialmente útil como herramienta de detección rápida, aunque los resultados complejos aún requieren confirmación mediante otras técnicas.
Las muertes y hospitales también funcionan como sistemas de alerta
No todas las nuevas drogas se descubren primero mediante una incautación policial.
A veces, la primera señal de alerta aparece en hospitales o en servicios forenses. Si varias personas presentan intoxicaciones poco habituales, o si en autopsias aparece una sustancia desconocida, los laboratorios de toxicología pueden comenzar a investigarla.
Esto ocurrió, por ejemplo, con la reaparición del carfentanilo y con distintos nitazenos detectados en muestras biológicas.
Por esta razón, la información de policías, hospitales, médicos forenses y laboratorios debe analizarse de forma conjunta.
Una sustancia detectada una sola vez puede parecer una curiosidad química. Sin embargo, si coincide simultáneamente en múltiples incautaciones, intoxicaciones y muertes, puede convertirse rápidamente en una seria amenaza para la salud pública.
Una red internacional contra sustancias que cambian constantemente
Organismos como la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC) y la Agencia de la Unión Europea para las Drogas y las Adicciones (EUDA) mantienen sistemas de alerta temprana en los que los países reportan nuevas sustancias.
En agosto de 2026, el sistema mundial de alerta forense de la UNODC vigilaba más de 1.500 sustancias psicoactivas. Tan solo durante el periodo 2025-2026 se notificaron 110 sustancias por primera vez y aproximadamente una cuarta parte perteneció al grupo de los opioides sintéticos.
Cuando un laboratorio identifica una nueva droga, compartir su información química permite que otros países sepan qué buscar. Los laboratorios pueden añadir rápidamente esa nueva “huella” a sus bases de datos y revisar muestras anteriores para comprobar si la sustancia ya circulaba sin ser reconocida.
De esta forma, una pequeña incautación en un país puede ayudar a identificar casos similares a miles de kilómetros de distancia.
La verdadera herramienta es la velocidad de respuesta
La mayor dificultad es que el mercado ilegal puede evolucionar más rápido que las pruebas disponibles.
En apenas unos años, la preocupación pasó de los derivados del fentanilo a los nitazenos y, de ahí, a nuevas familias de opioides sintéticos. Cada pequeño cambio en una molécula da lugar a una sustancia distinta y obliga a los laboratorios a actualizar sus metodologías.
Por esta razón, actualmente la lucha contra los nuevos opioides no depende de encontrar una máquina capaz de detectar todo. El verdadero secreto radica en construir una red de vigilancia científica.
Cada pieza juega un papel fundamental: La policía aporta las incautaciones y la información sobre la distribución; los laboratorios forenses identifican las moléculas; los hospitales y los servicios médicos detectan intoxicaciones; y las bases de datos internacionales permiten comparar resultados entre países.
El objetivo final es reducir al máximo el tiempo entre la aparición de una nueva droga y el momento en que las autoridades sanitarias, los laboratorios y las fuerzas de seguridad saben que existe.
En un mercado donde las sustancias pueden cambiar constantemente, descubrir rápidamente lo desconocido puede convertirse en una de las herramientas más importantes para prevenir nuevas intoxicaciones y muertes.





Comentarios