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Más allá de la anatomía: ¿qué es la envidia del pene?

  • 4 may
  • 7 Min. de lectura

Por: Noé de J. Pitalúa Portugal


Quienes alguna vez hayan sentido interés por el psicoanálisis y esto les motivara a revisar algunos de sus textos más famosos, seguramente habrán dado cuenta que, más o menos desde cualquier punto donde la basta lectura pudiera dar inicio, no dejarían de encontrar ideas, conceptos, historias, casos, etc., que, por decir lo menos, resultarían controversiales, poco racionales, a veces increíbles –no tanto como uno quisiera por fascinantes– o llenas de dudas razonables –en el mejor de los casos–, mientras que en otras ocasiones, la experiencia de ese encuentro con el psicoanálisis rayaría incluso en la incomodidad y tal vez, por esa misma vía, en su rechazo o negación.

            Naturalmente, tal como hemos señalado en “¿Para qué sirve el psicoanálisis hoy?”, trabajar desde ese lugar y saber de la subjetividad desde estos registros “no dejará de producir algún disgusto”, puesto que el psicoanálisis se encarga del mal-estar, del inconsciente, el deseo reprimido, la sexualidad, la cosa edípica infantil, etc.; se trata en todos los casos de su materia prima, su punto de partida, un lugar que desde su descubrimiento –me refiero al descubrimiento del psicoanálisis como teoría y método, pero también me refiero, gracias a él, al descubrimiento de una serie de malestares que aquejan a la humanidad– emprendió todo esfuerzo posible por dar cuenta de las reglas y leyes que se advierte que organizan la subjetividad humana: la falta como una fuerza estructural que condiciona nuestro deseo.

            Pero demos cuenta que a pesar de lo sofisticado que se ha vuelto plantear los asuntos de la falta y su vínculo con la condición humana, más allá de su comprensión o no, no deja de ser una ruta posible para seguir pensando nuestros asuntos inconscientes. Y si podemos hablar ahora en estos términos es gracias a un legado, a una herencia de pensamiento enmarcado en una serie de tensiones totalmente necesarias. En esa tensión es importante seguir el pensamiento de dos analistas, nada más y nada menos que Freud y Lacan, no solo por ser referentes históricos del psicoanálisis, sino por la potencia teórica y metodológica que han heredado hasta nuestros días, aunque no sin desacuerdos, rupturas y propuestas conflictivas.     

            Es en este marco que buscamos dar cuenta sobre lo que ha ocurrido con un concepto tan controversial como la envidia del pene propuesto por Freud, puesto que el abordaje de lo femenino, de la feminidad, de su construcción psíquica, encuentra nuevas y potentes vías para su elucidación. En todo caso, no dejamos de preguntarnos: ¿qué habrá querido decir con ello? ¿qué implicaciones tendría esa anotomía y diferencia entre los sexos para la estructura del psiquismo? ¿es cuestionable esta teoría en su época y en la nuestra? ¿qué puede resultar incómodo para Lacan de este Freud que coquetea con la biología? ¿qué hay después de Freud que no es sin Freud? O mejor: ¿hay superación de la envidia del pene?

            En los más de cien años de historia del psicoanálisis, no hay tantas nociones que hayan generado demasiada reserva, crítica y malentendido como lo es la envidia del pene. Cerca de 1925, esta noción fue vista como una premisa biológica y falocéntrica que ubicaba a la mujer en un lugar de inferioridad natural, incluso podría suponérsela como el correlato de un hombre, pero efectivamente castrado. En realidad, se trata de supuestos ampliamente injustos, puesto que la reducción de esta noción a una mera observación anatómica pierde de vista todo el aparato conceptual que se encuentra alrededor: la aspiración metapsicológica de Freud.

            Más tarde, Lacan volvería a ese entramado radical dando un giro rotundo, aunque no se trata de ninguna superación o actualización de la teoría freudiana. Ni armonía, ni ruptura total. Se trata de diferencias cualitativas muy importantes; uno y otro autor no cuentan con los mismos referentes, ni pretenden llegar a las mismas conclusiones. Pasar de la envidia del pene en Freud, al falo de Lacan, es un tránsito teórico que va de una fuerte base biológica hacia los efectos del lenguaje y lo simbólico en el sujeto.

            Pues bien, veamos el origen. Ya desde “Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia anatómica entre los sexos” (1925), el psicoanalista instituye que para el psiquismo humano el descubrimiento temprano de esa diferencia genera un trauma para los dos sexos. Por un lado, mientras el niño se prepara para el complejo de castración, puesto que la notoriedad del órgano en sí mismo y la ausencia de ello en el otro sexo le implica fantasiosamente que podría perderlo, en la niña esa misma observación le representa una herida narcisista, por no tener. Para Freud, esto es destino, pero no superioridad moral, es una interpretación que el psiquismo produce a partir de la presencia y de la ausencia del órgano. Una cosa como la envidia del pene, vendría a explicar el alejamiento de la niña de su madre por traerle al mundo “incompleta”, y la búsqueda luego por el padre para obtener de él algo que le complete, aquello que le falta, idealmente un hijo.

            Tal vez, no es necesario decir que esto generó descontento y fricción, no solo en la cultura, también entre analistas que criticaron a Freud. Después de todo, ¿por qué la envidia no sería, más allá del órgano, una respuesta a la diferencia social, el estatus, privilegio y poder que se mira en el sexo masculino y ya no una realidad psíquica universal fundada en el órgano sexual? Pero, finalmente, los análisis de Freud siempre implicaban la llegada a la castración: angustia de castración en el varón y envidia del pene en la mujer.

            Cuando señalamos que hay un tránsito, se trata de un fuerte biologicismo decimonónico que luego ve aparecer una estructura simbólica. Si bien el cuerpo es la base donde opera el psiquismo y se materializan los síntomas neuróticos, también es cierto que lo que importa al psicoanálisis es la libidinización de ese cuerpo, no su posibilidad médica, biológica o cerebral. La posición en Freud es tal que complejo de Edipo y castración están ligados a la presencia o ausencia del órgano sexual masculino y su trabajo es explicar cómo lo biológico puede tener un correlato en el deseo: lo simbólico pegado a la carne.

            Con Lacan se trata de otra cosa. Su trabajo psicoanalítico está acompañado del pensamiento de su época; cuenta con la antropología estructural de Levi-Strauss y también con la lingüística estructural de Ferdinand de Saussure. Es un Lacan incómodo con el biologicismo freudiano, para Lacan el inconsciente está estructurado como un lenguaje, no es más un reservorio de instintos biológicos. De ese modo, el pene no importa como una cosa biológica, pongamos otros términos, se trata de un significante, el falo como significante del deseo. La nueva sorpresa es que donde antes unos tenían y otras no, el falo es algo que nadie posee, pero todo mundo quiere “serlo” para Otro.

            Lacan llega a cambiar muchas razones de ser del psicoanálisis, pero no viene a enmendar a Freud. Donde primero hay lamento por perder o por no tener, esta nueva envidia lacaniana pone al sujeto en cuestión para notar que su satisfacción total es imposible. Así todo mundo está simbólicamente castrado, porque nadie puede tener, ni mucho menos ser el falo. El falo es un significante de algo que falta, y tanto hombres como mujeres, estamos castrados por ese lenguaje que nos mete en el mundo de las palabras perdiendo la dimensión de lo real.

            Si pensamos lo cuestionable de Freud en su tiempo y en el nuestro, cometemos un error metodológico, aunque inevitable; por cierto, estamos en libertad de cuestionarle con la moral de nuestra época y de la suya, aunque quien sabe a dónde nos lleve. Tampoco importa defenderle, no es necesario, mucho menos si nos permitimos leer el intento por establecer una estructura humana sin tener aún los términos lingüísticos más útiles.

            En todo caso, Lacan podría parecernos más amigable, pues la feminidad ya no es una falta biológica, aquello que simplemente no tiene pene, con él sabemos que ello se trata de una posición subjetiva frente a la castración simbólica. Pero si aún no estamos contentos con la fuerte carga masculina que tiene la idea, el significante falo, observemos mejor cómo está estructurada la cultura que habitamos y que de pronto nos habita. Se trata de una cultura que ha elevado simbólicamente la potencia de un órgano, y también de una clínica –al menos psicoanalítica– que hace que ese símbolo se caiga, que nos recuerda que somos seres en falta, castrados, que no hay objeto que venga a lograr completitud en nosotros.

            Entonces bien, pasamos del órgano al significante. Dicho así, la posición masculina se encuentra bajo la sombra de la función fálica. En el hombre se da la ilusión de tenerlo y solo por ello es por lo que puede “perderlo”. Mientras tanto, la mujer ocupa una posición que ha sido llamada no-toda. En esta posición elaborada por Lacan vemos una respuesta a la envidia del pene, insistimos en que ya no es la falta de órgano, sino que la mujer accede a un goce que, aunque bajo la misma función fálica, está más allá del falo. Esto equivale a decir que, aunque la mujer está en el lenguaje (lógica fálica), no se encuentra completamente capturada en ello (no-toda); el lenguaje pide que pase por el significante fálico para ser reconocida, pero hay un goce reservado para sí que no está en la lógica de lo que se tiene o no se tiene. Por ello, la mujer no quiere ser o parecerse a un hombre, la mujer no-toda ocupa una posición de alteridad, otredad, o diferencia radical.

            Con lo expuesto anteriormente podemos concluir tres cuestiones. La primera es que la anatomía no puede ser destino, puesto que el lenguaje es anterior al cuerpo; algo como la envidia del pene solo es la forma que un infante tiene para dar sentido a la cuestión de que el deseo materno busca en otra parte. La segunda es que hay falo en ambos autores, es un punto en común donde Freud lo encuentra en el órgano, mientras que Lacan lo mira en la Ley simbólica. Y la tercera cuestión, nuestra controversia. La crítica al primer psicoanálisis como teoría patriarcal y machista, que tampoco ve mejor salvación en Lacan sobre todo si se le acusa de querer sostener el patriarcado de su fundador.

Muy por lo contrario, sostenemos que la clínica psicoanalítica tiene otras implicaciones que apuntan a cierta libertad: despoja al pene de su primacía biológica y le convierte en un significante que falla (para todos), lo cual reverbera sobre una feminidad que no puede ser en adelante lo contrario de la masculinidad. Con Lacan se abre la pregunta acerca de qué es una mujer, ante la advertencia de lo radicalmente distinto y como aquello que escapa de la lógica masculina.

            Si acaso hemos logrado transmitirlo, el avance del psicoanálisis no es la sumatoria de conocimiento, es su retorno sobre las complicaciones, en los puntos ciegos. Allí podríamos aseverar que pierde todo sentido pensar en una superación de la envidia del pene, es su revisión lo que permite acercarnos a la idea de la imposibilidad de nuestro deseo. En Freud tiene la implicación de haberse producido como un retrato hablado, en Lacan encontramos con mucha dificultad y no menos resistencia, la estructura de lo que se habló. En todo caso, estamos siempre ante los efectos de un lenguaje y su imposibilidad para decirlo todo.


 
 
 

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