Hablemos de chichis: Encontrarnos una bolita no debería dejarnos solas.






Escrito por: Mayra Cecilia Suárez Arriaga. Ilustrado por: Melissa Vázquez Carrada
Cada octubre nos dicen que nos toquemos las chichis: “Tócate, revísate, conócete”. Y una se toca. Un día, frente al espejo o mientras se baña, encuentra algo que antes no estaba; una bolita, un cambio en la piel, una secreción, algo raro. Y entonces termina la campaña. Porque el cartel decía cómo tocarte, pero no necesariamente qué hacer con el miedo después de encontrar algo. Ahí empieza otra historia y también otra pregunta, ¿qué pasa después de encontrar una bolita? Tócate. ¿Y luego?
Hay algo profundamente seductor en las campañas que ponen toda la solución en nuestras manos: son sencillas, tienen un verbo, una acción y una protagonista. Tócate. Además, suena a autonomía. El problema aparece cuando confundimos una herramienta para conocer nuestros cuerpos con una política de detección del cáncer. Los ensayos disponibles no han demostrado que enseñar el autoexamen mamario, por sí solo, reduzca la mortalidad por cáncer de mama (Kösters & Gøtzsche, 2003). Reconocer cambios sigue siendo importante porque puede llevarnos a buscar atención, pero encontrar una bolita no significa necesariamente haber encontrado el cáncer a tiempo. Y aquí hay algo de lo que hablamos poco, incluso en estudios donde las mujeres recibieron capacitación para autoexplorarse, esta práctica no logró demostrar una reducción en las muertes por cáncer de mama.
Porque detectar algo con nuestras manos no es lo mismo que contar con herramientas capaces de identificar la enfermedad en sus etapas más tempranas (Kösters & Gøtzsche, 2003; Thomas et al., 2002). Y para que una sospecha se convierta en un diagnóstico oportuno tiene que suceder todo lo demás: consulta, evaluación, estudios de imagen, biopsia (cuando esté indicada), patología, referencia y el bendito tratamiento. Y resulta que buena parte de esa lista ya no está en nuestras manos.
Incluso lo que sabemos sobre la enfermedad no siempre se traduce en una atención que alcance a todas: en México, el tamizaje con mastografía se concentra entre los 40 y los 69 años (Secretaria de salud, 2011). Pero el cáncer no espera a que cumplamos 40 años ni desaparece después de los 69. Las mujeres jóvenes también enferman y las mayores continúan en riesgo (Unger-Saldaña et al., 2019), éstas últimas muchas veces atravesadas, además, por otras enfermedades, dependencia económica o mayores dificultades para trasladarse y acceder a los servicios de salud. Una cosa es establecer edades para el tamizaje de mujeres sin síntomas y otra muy distinta dejar que esas edades se conviertan en fronteras para escuchar y estudiar a quien encuentra algo raro y diferente. En México, se ha documentado que algunas mujeres que identificaron un problema en las mamas y buscaron atención pasaron meses dentro del sistema antes de recibir un diagnóstico (Unger-Saldaña et al., 2015). En algunos estudios, el intervalo entre la primera consulta y el diagnóstico fue incluso mayor que el tiempo que las propias mujeres tardaron en buscar ayuda. Entonces tenemos que decirlo: una mujer puede tocarse, encontrar algo, pedir ayuda y, aun así, llegar tarde. Tal vez deberíamos tener cuidado cuando convertimos el diagnóstico tardío en una historia sobre una mujer que “no se revisó”, porque hay muchas maneras de llegar tarde y algunas tienen forma de lista de espera.
El cáncer llega a una casa
Supongamos que finalmente llega el diagnóstico: cáncer de mama. El tumor puede medir unos centímetros, pero la enfermedad ocupa mucho más espacio: entra a la agenda, a la cuenta bancaria, al trabajo, a la cocina, a la cama, a la sexualidad, a los cuidados. Porque la quimioterapia no hace desaparecer la despensa, una cirugía no lleva a las infancias a la escuela y una consulta médica no prepara la comida de una persona mayor. La vida sigue ocurriendo mientras alguien intenta sobrevivir. Y entonces aparece una pregunta que nuestras campañas rosas casi nunca ponen en letras enormes: ¿quién cuida a quien normalmente cuida? Al visitar hospitales e institutos he visto una imagen que se repite: mujeres enfermas acompañando y cuidando a otras mujeres enfermas. Una sostiene los papeles de la otra, espera con ella, la ayuda a caminar, le explica a dónde ir. Frente a la ausencia de redes suficientes de cuidado, las propias pacientes terminan construyéndolas entre ellas. En América Latina, esto importa especialmente porque los cuidados no se distribuyen de manera neutral, históricamente han recaído de manera desproporcionada sobre las mujeres (Comisión Económica para América Latina y el Caribe, s. f.). Por eso el cáncer de mama no entra solamente a un cuerpo; entra a una organización familiar y social que quizá dependía de ese cuerpo para funcionar. Una enfermedad que parecía individual revela entonces algo profundamente colectivo; para recuperarse de una enfermedad también hace falta que alguien pueda sostenerte.
Luego están las chichis
Hay una crueldad particular en todo esto. Pasamos buena parte de nuestra vida aprendiendo qué tipo de chichis deberíamos tener: firmes, redondas, simétricas, ni demasiado grandes ni demasiado pequeñas; visibles cuando resultan deseables, discretas cuando incomodan; capaces de alimentar, pero también sexualmente atractivas. Las chichis parecen tener muchísimas obligaciones. Hasta que un día una de ellas enferma y quizá haya que quitar una parte, remover una mama completa o quizá ambas.
Entonces la medicina puede decir que la cirugía salió perfectamente, pero una persona no termina donde termina un procedimiento quirúrgico. Estudios realizados con mujeres mexicanas que recibieron una mastectomía han descrito cambios en la imagen corporal, la sexualidad y la percepción de feminidad en la mayoría de las pacientes (Figueroa-Varela et al. 2016 & Lara-Men et al. 2024). Eso no significa que todas vivan la pérdida de una mama como una tragedia ni tampoco que todas quieran reconstruirse. Significa algo mucho más interesante: nuestros cuerpos no existen fuera de la cultura que nos enseñó a mirarlos. No nacimos pensando que unas chichis firmes eran mejores que unas caídas; alguien nos enseñó. No nacimos pensando que tener dos mamas era requisito para ser femeninas; también lo aprendimos. Y quizá por eso cuidar a una mujer después del cáncer implica algo más que preguntarle si el tumor desapareció. También importa saber cómo duerme, cómo trabaja, cómo se mira, cómo vive su sexualidad, cómo habita sus cicatrices, quién la acompaña y qué necesita ahora.
Hay muchas maneras de dejarnos solas
Quizá esa sea la conversación que quiero tener este octubre, porque hay muchas maneras de dejar sola a una mujer con cáncer de mama. Podemos decirle que se toque y dejarla sola buscando dónde hacerse un estudio. Podemos tratar su tumor y asumir que alguien más resolverá quién prepara la comida mientras ella está enferma. Podemos celebrar que sobrevivió y no preguntarle cómo está viviendo en el cuerpo que quedó después. No son la misma soledad, pero tienen algo en común: aparecen cuando tratamos como individual algo que necesita respuestas colectivas. Por eso encontrar una bolita no debería dejarnos solas. Necesitamos sistemas de salud capaces de responder, información clara sobre qué hacer después de encontrar un cambio, políticas de cuidados, familias que sepan acompañar y lugares donde hablar de sexualidad, miedo, cicatrices y cuerpos sin convertir cada conversación en una historia de “guerreras”. Y necesitamos una ciencia que no se pregunte solamente cuántas mujeres sobreviven al cáncer de mama; necesitamos preguntarnos cómo sobreviven, cómo hacer para que el tamizaje sea más efectivo y que las herramientas para su detección y tratamiento estén al alcance de todas.
Tal vez este octubre podamos empezar por ahí: tócate si quieres, conoce tus chichis, míralas con amor al cambiar contigo. Pero si un día encuentras algo extraño, recuerda que el resto de la historia nunca debería depender solamente de ti. Y no quiero cerrar este texto con un simple “no estás sola”, porque al sistema de salud le falta mucho y a nuestra cultura machista también. Por eso, si encontraste una bolita, estás esperando un estudio, recibiste un diagnóstico o acompañas a alguien que atraviesa este proceso, quiero compartirte algunos espacios a los que puedes acudir. Si tienes derechohabiencia, puedes solicitar atención en el IMSS o ISSSTE; también existen programas públicos de mastografías gratuitas, unidades móviles y organizaciones como FUCAM y Fundación CIMA, que ofrecen distintos servicios de orientación, detección y apoyo. Porque decirte que no deberías estar sola también implica decirte dónde puedes encontrar compañía.
Y si estás del otro lado, si tienes la posibilidad de acompañar o contribuir económicamente, también hay maneras de hacerlo. Puedes ayudar a alguien a llegar a su consulta, acompañarla mientras espera un resultado, escucharla o apoyar iniciativas que facilitan el acceso a estudios. Si quieres conocer algunas opciones para acceder a estudios de imagen gratuitos o de bajo costo, así como iniciativas a las que puedes donar para apoyar a otras mujeres, reunimos información y enlaces útiles en esta publicación de Biophylia (https://www.instagram.com/p/DQU8nncEkTp/?img_index=1).
Porque acompañar no siempre significa tener las palabras correctas. A veces significa escuchar, compartir información, ayudar con los cuidados cotidianos o aportar lo que podamos. Y aunque la solidaridad no debería sustituir la responsabilidad del Estado de garantizar atención médica oportuna y accesible, también puede ayudarnos a construir las redes que hoy hacen tanta falta.
Referencias
Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL). Tiempo dedicado al trabajo doméstico y de cuidado no remunerado. Observatorio de Igualdad de Género de América Latina y el Caribe [Internet]. Disponible en: https://oig.cepal.org/es/indicadores?id=2286
Figueroa-Varela MR, Rivera-Heredia ME, Navarro-Hernández MR. «No importa»: sexualidad femenina y cáncer de mama. Gac Mex Oncol. 2016;15(5):278–284. doi:10.1016/j.gamo.2016.09.003
Kösters JP, Gøtzsche PC. Regular self-examination or clinical examination for early detection of breast cancer. Cochrane Database Syst Rev. 2003;(2):CD003373. doi:10.1002/14651858.CD003373
Lara Men MC, Hernández Machado A. Una mirada a la investigación científica sobre la autoestima, imagen corporal y vida sexual en mujeres con cáncer de mama en México. Políticas Sociales Sectoriales. 2024;2(2):375–395. Disponible en: https://politicassociales.uanl.mx/index.php/pss/article/view/99
Secretaría de Salud. Norma Oficial Mexicana NOM-041-SSA2-2011, para la prevención, diagnóstico, tratamiento, control y vigilancia epidemiológica del cáncer de mama. Diario Oficial de la Federación. 2011. Disponible en: https://sidof.segob.gob.mx/notas/docFuente/5194157
Thomas DB, Gao DL, Ray RM, et al. Randomized trial of breast self-examination in Shanghai: final results. J Natl Cancer Inst. 2002;94(19):1445–1457. doi:10.1093/jnci/94.19.1445.
Unger-Saldaña K, Fitch-Picos K, Villarreal-Garza C. Breast cancer diagnostic delays among young Mexican women are associated with a lack of suspicion by health care providers at first presentation. J Glob Oncol. 2019;5:1–12. doi:10.1200/JGO.19.00093
Unger-Saldaña K, Miranda A, Zarco-Espinosa G, Mainero-Ratchelous F, Bargalló-Rocha E, Lázaro-León JM. Health system delay and its effect on clinical stage of breast cancer: Multicenter study. Cancer. 2015;121(13):2198–2206. https://doi.org/10.1002/cncr.29331





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