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¿Para qué sirve el psicoanálisis hoy?

Por: Dr. Ricardo García Valdez y Mtro. Noé de J.Pitalúa Portugal
Por: Dr. Ricardo García Valdez y Mtro. Noé de J.Pitalúa Portugal

Es bastante posible que todo tránsito humano por diversas instituciones no solo constituya las bondades de la transmisión cultural, sino también son éstas aquellas que resultan ser causantes de múltiples malestares, puesto que todo intento de satisfacción en los individuos se encuentra en disputa entre lo que se desea y lo penado inconcebible por la Ley. Las instituciones, desde las más simples hasta las más complejas, son lugares en los que se aprende y reproduce lo que otros han construido. Así recibimos, por ejemplo, el lenguaje, el saber, la moral, la formación y, desde luego, ciertos destinos de vida que parecen estar prefigurados tan solo por el hecho de ya encontrarse allí antes del nacimiento de cualquier sujeto.

            La aparición de un sujeto deseante, digamos una máxima de la condición humana, es un proceso complejo que ha de vérselas con inscripciones de marcas, sensaciones, huellas, etc., que en el origen no tienen significado, pero que son fundamentales para la formación del inconsciente, y que lejos de esclarecerse con la introducción del sujeto en el lenguaje, éste aparece en una trama de búsqueda constante por recuperar un estado placentero que no puede lograrse nunca. Lo siguiente es que de manera análoga el sujeto podrá bastarse parcialmente con otros objetos sustitutivos, que le han sido puestos por ese mentado lenguaje –por los otros–, algunas formas que sirven como suplencia de aquello que no puede recuperarse nunca. En sí mismo, esto no puede más que producir malestar en todo individuo. Pero a ello debemos agregar que el encuentro con toda institución ha de establecer un doble juego; por un lado, establece lo posible y los límites de eso posible, al mismo tiempo que el límite agrega un extra de desazón mientras el sujeto busca restituir lo que perdió.

            Para el psicoanálisis la procedencia de este malestar es admisible por su teoría y práctica, pero en el mundo contemporáneo encontramos, a su vez, otros discursos que esfuerzan por excluir las causas de dicho estado priorizando otro saber que relaciona cuerpo, comportamiento, cerebro, cognición, salud y enfermedad. Son estas últimas nociones las que ponen en tensión la pregunta que da origen a este escrito, y a estas agregamos otro campo que no puede menos que venir a potenciar el malestar al que nos referimos: el sistema capitalista. En un recorte, solo para ejemplificarlo, nos referimos a todos los desplazamientos sobre la pregunta acerca del malestar subjetivo, individual, conformado por la historia singular de cada sujeto, y su silenciamiento a partir de la imposición de otro discurso. Un discurso médico-psiquiátrico, estandarizado, que concentra una serie de conductas orientadas por referencia a cierto estado de normalidad, pero que justamente por su pretensión de cura orientada al restablecimiento de la funcionalidad, la productividad y la eficiencia –cuestiones afines al mercado– recoloca a la humanidad en una dinámica de goce que parece no tener freno. Así, la gente saludable es aquella que está habilitada para producir.

            Es en esa dirección que plantearemos al comienzo un breve recorrido histórico-conceptual de las implicaciones del psicoanálisis y luego su respuesta a estos criterios de utilidad. El propósito de trazar la exposición de esta manera es generar en el lector un esquema básico acerca del pensamiento de Freud sobre la dinámica del aparato psíquico, su trabajo metapsicológico, el cual es imposible de agotar en su complejidad en apenas unas líneas, pero que esperemos resulte suficiente para entender algunos sus principios y fundamentalmente qué ocurre entre el deseo y la cultura, de modo que al ser sujetos en falta, un estado de crisis, malestar, e insatisfacción es siempre posible. Después, habremos de pensar con qué clase de ética response el psicoanálisis ante opciones de cura utilitaristas.

 

Alguna vez Freud declaró que el psicoanálisis es un método de investigación, a su vez, una forma de tratamiento de los padecimientos afectivos y, finalmente, una teoría acerca de los procesos anímicos que organizan el psiquismo de cada sujeto en función de sus deseos reprimidos. Desde luego, el desarrollo de este planteamiento es el producto no solo de la experiencia clínica derivada del trabajo con sus pacientes “histéricas” y otras “neurosis”, sino que el avance de esta joven ciencia para estar a la altura de ese nombramiento también requirió la participación de muchos otros serios apasionados por la causa del descubrimiento del inconsciente y su fuerte influencia sobre la condición humana.

            La época en la que el padre del psicoanálisis escribió su teoría se caracterizó por un gran avance científico e industrial, esto puso a su alcance obras y autores –clásicos y contemporáneos– muy importantes que incidieron en su pensamiento. Por ejemplo, se nutrió de concepciones darwinistas que le llevaron a pensar que, si las especies han heredado instintos para sobrevivir y evolucionar, entonces el pasado más inmediato de la humanidad que es la infancia, por fuerza, al modo de una herencia, también debería tener efectos sobre la neurosis del adulto. Claro está que la primera es una tesis biológica que llevó a Freud a entender las manifestaciones físicas de los síntomas histéricos (parálisis, convulsiones, cegueras, llanto, cambios de ánimo, etc.) como aquellos restos de impresiones emocionales que no pudieron ser procesadas y que habrían quedado guardadas en el Ello. Instancia, esta última, por cierto, que fue necesario pensarla para comprender cómo interactúan las distintas partes del aparato psíquico que Freud elaboró: el Yo y el Super-Yo.

            Precisamente, ahora que mencionamos “aparato”, lo conveniente es asumir que se trata de una metáfora para explicar las interacciones que se han advertido. Allí está esa otra fuerte influencia como producto de la Revolución Industrial, pues el psicoanálisis no habría proliferado sin el auge de las máquinas y su importación como explicaciones mecánicas en lo que toca al alma, no lo habría conseguido sin la termodinámica y sus explicaciones sobre la energía que circula y descarga en un sistema cerrado. Aunque tampoco lo habría hecho sin la fisiología –ver a los organismos como sistemas de fuerzas físicas y químicas–, el determinismo –debe haber una causa natural de las cosas–, o la óptica –para pensar dónde se forman las imágenes en el aparato. Poco se habría logrado sin la ciencia del siglo XIX.

Propuesto así, entonces, un aparato tiene la función de trasformar los estímulos que vienen del exterior y aquellos internos, en acciones, pensamientos y, por supuesto, en síntomas. Va a buscar el equilibrio. Que la energía se mantenga baja y “constante”; si esta sube, entonces buscará descargarla porque de no hacerlo un aumento en la tensión sería “displacentero”.

            Pero ¿qué es precisamente ese contenido reprimido que generó tanto malestar como para lograr diversas enfermedades del alma o anímicas, si ustedes gustan? El momento histórico que hemos delineado brevemente indica algo más que un riguroso y fuerte progreso científico, también fue un tiempo reciamente marcado por ideas conservadoras: una moralidad rigurosa, roles de género estrictos y una fuerte represión sexual. Hoy, aproximadamente cien años después, no resulta ajena la relación de nuestro pasado, la primera infancia, las vivencias con nuestros cuidadores, las experiencias sexuales infantiles, etc. y sus efectos por “la represión” en distintas manifestaciones psicológicas como los sueños, chistes, equívocos, síntomas y olvidos, pero en aquel entonces, no fue para nada sencillo de asimilar. De hecho, durante algún tiempo Freud fue sumamente criticado y rechazado por sus ideas. Acusado, por supuesto, de embaucador. Habrían sido señaladas otras causas sustantivas de la curación de sus pacientes, como la sugestión o incluso la posibilidad de que mintieran, antes de dar crédito al método psicoanalítico, a la potencia liberadora de “hablar” o, mejor dicho, “apalabrar” aquellas cosas profundas y dolorosas.

            En todo caso, si hoy algunos de estos términos psicoanalíticos no nos resultan tan extraños, se debe a que el psicoanálisis ha tenido buena presencia en la cultura. Más allá de las cuatro paredes de un consultorio, las obras de Freud y de otros psicoanalistas en el mundo se han diseminado lo suficiente y capitalizado por otros, por ejemplo, en la literatura, en el cine, en el teatro, en la música, en las instituciones universitarias y hospitalarias, en diversas agrupaciones que practican y transmiten el psicoanálisis, o en otros grupos de trabajo que vienen replanteando las maneras de intervenir en la sociedad, etc. Los efectos de ello son incalculables, pero podemos escuchar algunas expresiones coloquiales como éstas: “anoche soñé que…”, “esto debe significar…”, “algún trauma me quedó de niño…”, “lo dije de manera inconsciente”, “su pareja se parece mucho a su papá, ¿qué diría Freud?”, “ese tiene complejo de Edipo”, entre muchas otras. Se trata de usos cotidianos que han venido a formar parte de la representación común, precisamente por fuera del ámbito psicoanalítico, pero que paradójicamente no dejan de nutrirlo, pues hay reconocimiento.

            ¿Vamos a contentarnos con decir que el psicoanálisis es efectivo en ese dispositivo del uno por uno, en la consulta privada, allí donde los pacientes tocan la puerta siendo unos y se van descubriendo que el que sale ya no es el que entró, que ahora los síntomas les resultan más visibles y con la posibilidad de hacer con ello, que descubren cómo vivir en cierta conformidad con su deseo, de una forma que éticamente les resulta más digna? Ciertamente, colocarlo de esta manera no es para nada poca cosa, mucho menos la tarea más fácil de sostener, pero tampoco podemos quedar conformes por mucho que reconozcamos que es esto uno de los grandes aportes del psicoanálisis a la humanidad, el reconocimiento de que allí donde somos seres incompletos, seres en falta, se trata de una cosa que garantiza sufrimiento, angustia, miedo, goce, pero también es esa misma falta o incompletud aquello que demarca la posibilidad de movernos, de dar cuenta de lo que nos pasa, elegir, generar lazos, procurar, transmitir y producir saber.

            Si en la etapa inicial los primeros psicoanalistas no la tuvieron fácil ni ante la sociedad –por sus ideas radicales–, ni ante la comunidad científica –acusados de falta de rigor–, y si a ello agregamos el profundo antisemitismo de los nazis –Freud también fue perseguido por ser judío–, resulta sorprendente que aún en estas fechas sigamos trabajando, pensando y proponiendo desde, con y a través del psicoanálisis. Pero lo que tenemos que decir tampoco son buenas noticias, decía que no podemos caer en conformidad porque tampoco nos va del todo mejor que a Freud. El psicoanálisis aún continúa en el ojo del huracán más o menos por las mismas razones que antes.

            Quien se disponga a leer este artículo, para este punto ya tendrá cuando menos un pequeño esquema de las condiciones históricas y de pensamiento que nutrieron el origen del psicoanálisis, así como una noción útil de un aparato psíquico que es una metáfora a la que podemos llamar ahora metapsicología; el lector también sabrá que ayer y hoy aunque nuestros contextos geográficos y también temporales son distintos, mientras leemos eso inconsciente, lo parental, la sexualidad infantil, o deseos sexuales reprimidos, no dejará de producir algún disgusto, que no es lo mismo que decir que nos resulte ajeno; digo disgusto, literalmente. Pensemos que todavía cuesta trabajo decir algo cuando de la sexualidad infantil se quiere hablar. Sin embargo, ahora que nos encontramos en tiempos donde la moralidad sexual es otra, tal vez menos represiva, pero mucho más empujada al goce, la crítica al psicoanálisis se desplaza, pensamos, con mayor fuerza sobre su rigurosidad científica.

            Aquí hay opiniones divididas. Hay psicoanalistas que, al dedicarse solamente al campo del psicoanálisis, lejos de estar inadvertidos de esta fuerte crítica, la suponen ya superada. No será para ellos admisible dedicar más tiempo del ya logrado a contestar y argumentar la vigencia de la teoría y la práctica, sino tan solo para continuar el desarrollo del psicoanálisis mismo. Sin embargo, uno también tendría que sospechar de cerrar las cosas muy pronto para dejar de verlas. La postura contraria sería la de ocuparse de la pregunta de modo que podamos plantear la pertinencia del psicoanálisis hoy y para qué sirve. Es claramente no solo un ejercicio intelectual, preferimos decir que es primordialmente político. Si venimos pensando que la ciencia y lo que atañe al discurso universitario se trata única y específicamente de la producción de conocimiento, me parece que caeríamos en dos errores: el primero, un sesgo metodológico, el segundo un sesgo ideológico y político.

            Quisiera comenzar adelantando la respuesta del argumento que están por leer. Posiblemente decepcione, esperamos que solo lo haga al principio porque es lo que se busca. El psicoanálisis “no sirve”. La nueva pregunta es: ¿dónde no sirve y en qué sentido no debe hacerlo nunca? La crítica contemporánea, más o menos la misma que la del siglo pasado, se sostiene en un argumento sobre la no falsabilidad del psicoanálisis, eso se lo debemos a un austriaco llamado Karl Popper, esto quiere decir que la teoría es lo suficientemente flexible como para explicar e interpretar todo tipo de comportamientos humanos y que sus postulados no son posibles de comprobar o refutar de manera empírica, es decir, por medio de probar algunas experimentaciones que validen o invaliden las hipótesis que nos hacemos sobre las causas de las cosas.

Esta premisa es sumamente potente y tampoco puede decirse fácilmente que no meta en aprietos al psicoanálisis. Lo hace y puede hacerlo, particularmente, cuando se piensa que los modos de producir un conocimiento sobre las cosas, sobre los afectos, los comportamientos, nuestros pensamientos, etc. solo tienen una ruta: hipótesis y comprobación empírica. Justamente, Freud estaba advertido de esto, no es otra cosa que los modos de la ciencia de su periodo.

            Ajustados a esta crítica, el lector tendrá su primera respuesta. Diría algo así como: el psicoanálisis no sirve porque es una pseudociencia que no puede comprobar científicamente, por medio de experimentación, las cosas que sostiene en la teoría. Como no puede manipular, ni comprobar los efectos de unas variables sobre otras, entonces no puede generar un conocimiento válido. Y, de hecho, es más o menos lo que otras corrientes dentro del campo de la psicología han usado durante décadas como argumento para sostener cómo el psicoanálisis “no sirve”.

            Ahora podemos llevarnos más lejos, para lograr otra forma de significar que el psicoanálisis “no sirve”, pero para ello primero tenemos que hablar en sus términos; dar cuenta de cómo es que funciona. Cuando se ha intentado defender la validez del psicoanálisis se ha apelado a la naturaleza de su objeto de estudio, irremediablemente inaprensible mediante métodos observacionales y cuantificables, puesto que, al no estudiar objetos físicos, entonces tienden a ser subjetivos, se trata de objetos humanos abordables por las ciencias humanas y su carácter es interpretativo. La otra cuestión es la de la singularidad que no se contrapone a una idea de universal, pero no es la una sin la otra. El caso por caso que corresponde a la clínica no busca hacer del sujeto un experimento de laboratorio, sino centrarse en la verdad singular: que esta emerja. Pero, otras versiones también sostienen que el diván es una especie de laboratorio donde el fenómeno transferencial va a encaminar la curación de los síntomas y los cambios estructurales, convirtiéndose en las tan necesitadas pruebas empíricas, puesto que es un fenómeno que repite podría decirse que de forma invariable en toda experiencia clínica psicoanalítica.

            Bien. Un poco sin querer, contestamos cómo es que opera internamente de manera que sus efectos definitivamente se sostienen. No está sobrado decir que el psicoanálisis ni es únicamente Freud, ni lo es tampoco Lacan. El psicoanálisis es “los psicoanálisis” en sus distintas vertientes que suscriben a sus programas de investigación y que sostienen la práctica, aunque algunos puedan no gustar. Ya habremos de encargarnos de discernir algunas verdades en otro espacio. Dicho lo anterior, ya estamos en condiciones de proponer dónde el psicoanálisis “no sirve”.

            El psicoanálisis no sirve a los intereses de la ciencia hegemónica medible y cuantificable, por eso lo ataca. Y no sirve porque su marco de pensamiento no es compatible, mucho menos su ética, para obedecer a lineamientos que no le permitirían trabajar. Seguir la ruta definida de tal manera implicaría nadar a contracorriente alejándose cada vez más de la posibilidad de elucidar algo sobre su objeto que son los fenómenos inconscientes, de la palabra, del significante, del deseo, entre otros.

            El psicoanálisis, entonces, “no sirve”, en términos de lo que implica un acto de servidumbre. Aquí el lector podría pensar lo siguiente: Pero, si trata los malestares más íntimos de sus pacientes, ¿acaso no les sirve a ellos? La respuesta es afirmativa, aunque precisamente por “no servir” –en estos nuevos términos– tampoco es una garantía de nada. Lo que sí es, es una apuesta por la palabra y por el deseo. Allí asienta todo su esfuerzo, toda la técnica por medio de la transferencia y toda su ética en la abstinencia del ejercicio de un poder. Un acto de servidumbre no es lo mismo que poner al servicio de otro una técnica, a partir de transmitirla, que permita ocuparse de sí mismo.

            Por último, si las piezas resultan un poco sueltas entonces contestemos de forma afirmativa lo que se prometió al principio. “El psicoanálisis sirve para no servir”, y por eso es por lo que funciona, aunque de manera subversiva, como un dispositivo –piense en la consulta, lo que pasa dentro del consultorio–, que se contrapone a toda idea de producción de sujetos funcionales al sistema capitalista de producción. Y ¿qué quiere decir esto? Que si el capitalismo propone un sistema utilitario que apuesta por optimizar el tiempo y demás recursos humanos y materiales a modo de lograr la mayor eficiencia, por su parte el psicoanálisis es antiproductivo, es un tiempo muerto, no busca eficacia y menos eficiencia para algo o para que las cosas funcionen de una manera pronta y lograda con objetivos particularmente rentistas y cronometrados. Por ejemplo, mientras el sistema empuja a la curación inmediata para administrar mucho mejor las pérdidas, la posibilidad del análisis es el derecho al dolor, conflicto, malestar y tristeza, viéndolos como aspectos de la experiencia humana y no como elementos que tan solo estorban a la productividad. En ese sentido, se rompe con la idea de la felicidad como una obligación y se reconoce a los mal llamados “afectos negativos” como aquello que siempre puede cobrar sentido y nuevos lugares para cada sujeto humano.

            Otro reconocimiento es que allí donde el capitalismo dice “consume y sé feliz”, el psicoanálisis evidencia la falta constitutiva que está en la base de esos consumos y plantea otra vía que ya reconoce cómo ningún objeto puede llenar ese vacío constituyente. Justo en ese impase, el sujeto puede reconocer la singularidad de su deseo, alejándose del vicio de ser tan solo un consumidor pasivo. En todo caso, no perdamos de vista que todos estos consumos también son sintomáticos y que lejos de verlos como errores moldeables –como la tristeza fácilmente diagnosticada como depresión–, podemos apostar a que nuestros síntomas o nuestros consumos son una producción que tiene un mensaje único. Así también nos alejamos de toda pretensión de unificación y estandarización: ¿no es acaso tan poco útil?...

 
 
 

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